Mi trayectoria en Karate
por Víctor López Bondía (2013)

Como muchos otros, empecé en Karate a una edad temprana. Pero no de niño, sino siendo ya un adolescente de 13 años. Aunque resultaba gracioso un tiempo después, recuerdo que tenía un poco de complejo por ser cinturón blanco mientras otros alumnos de más o menos mi edad eran cinturón azul o incluso marrón, y hasta los niños pequeños que habían estado practicando durante un tiempo llevaban cinturones de colores en la cintura. No obstante, tuve mucho entusiasmo desde el primer día, y estaba decidido a ponerme al día en poco tiempo. Empezar a hacer Karate fue mi decisión, no fueron mis padres quienes me arrastraron al club de Karate local para que hiciera alguna actividad extraescolar, y aunque obviamente en aquel entonces sabía muy poco acerca del Karate (en realidad, todo lo que sabía probablemente era por las películas de "Karate Kid" y de Jean-Claude Van-Damme), por alguna razón sabía que eso era exactamente lo que quería hacer. Siendo delgado y con gafas, seguramente quería superar la imagen de empollón que tenía, y pensé que aprender Karate podría resultar ser la mejor forma de hacerlo.

Hay una anécdota aquí: Compré y leí mi primer libro de Karate un par de semanas antes de recibir mi primera lección en octubre de 1995. Era un libro de Goju-Ryu escrito por Tamano Toshio. Leyendo el libro me formé la idea de que Higashionna Kanryo era más o menos "el fundador del Karate", así que cuando me apunté al club de Karate local en el que empecé (que por cierto era un club de Shotokan) y encontré allí una fotografía grande de un viejo maestro japonés con barba, estaba convencido de que era un retrato de Higashionna Kanryo Sensei... Resultó ser una imagen del fundador del Aikido, Ueshiba Morihei Sensei, ya que el club solía tener clases de Aikido también.

Estaba impaciente por entrenar y aprender, y disfruté mucho de las lecciones desde el principio. Las clases de los niños eran dos veces por semana, los martes y jueves, y los cuatro días entre la última clase del jueves y la siguiente del martes siempre me parecían una larga espera. Afortunadamente, como yo ya era adolescente, tras unos pocos meses me invitaron a unirme también a la clase de los juveniles de los viernes, y así pude aumentar mi agenda de entrenamiento a tres días a la semana. Nunca faltaba a clase, y cuando digo "nunca", quiero decir NUNCA. Incluso renunciaba a irme fuera de vacaciones en el mes de julio para poder asistir a mis clases de Karate.

Nunca fui un fuera de serie ni tenía ningún tipo de talento natural, pero aprendí y mejoré rápidamente en las primeras etapas, que por supuesto son las más fáciles. Nunca eres más consciente de cuánto mejoras que cuando estás pasando de "nada" a "algo", aunque ese "algo" no sea "mucho".

Después de un par de años, aumenté de nuevo mi rutina de entrenamiento, y empecé a entrenar cinco días a la semana, de lunes a viernes. Las clases de jóvenes y adultos eran los lunes, miércoles y viernes, y a cualquiera que deseara hacer entrenamiento extra se le permitía utilizar el tatami para práctica individual los martes y jueves, una vez terminadas las clases de los niños.

Cuando tenía 16 años, leí por primera vez la autobiografía de Funakoshi Gichin: "Karate-do: Mi camino". El libro me causó mucha impresión, y recuerdo sentirme abrumado y cerrarlo en mitad de la lectura para detenerme un momento a reflexionar, pensando para mí mismo "¿es esto lo mismo que yo estoy haciendo?" Estaba leyendo acerca de un hombre que había dedicado su vida al Karate, mientras que para mí, independientemente de cuánto me gustaba, el Karate era simplemente... un hobby.
El libro se convirtió en mi favorito y lo leería muchas más veces en los años posteriores. Siempre descubría algo "nuevo" en sus páginas, y me pareció valioso el ejemplo y las enseñanzas de Funakoshi Sensei; pero cuando hablaba del modo en el que aprendió Karate de sus profesores en Okinawa, yo realmente no podía verlo reflejado en la manera en la que yo estaba aprendiendo. En realidad esto no era algo sorprendente, todo el mundo sabe que las cosas cambian a lo largo de la historia, y simplemente pensé que el Karate ya no se aprendía ni practicaba de esa manera. Por ejemplo, Funakoshi Sensei hablaba del makiwara. Para empezar, no encontrabas semejante herramienta en los clubs modernos, y siempre que alguien mencionaba el término en conversaciones los avanzados se apresuraban a señalar que era una herramienta obsoleta, que ya no era necesaria, y que incluso era dañina para las manos. Las historias de instructores japoneses con callos en los nudillos y el hecho de que nadie parecía tener y utilizar uno regularmente, reforzaban esta idea. Leer acerca de la historia estaba bien para aprender sobre el pasado y sacar algo de inspiración, pero se suponía que nadie iba a estar interesado en practicar "Karate de cavernícolas".

Una vez obtuve el cinturón marrón dejé de esperar con ansia el siguiente examen de grado. A los 13 años, pensaba que era un poco "demasiado mayor" para ser un principiante, pero a los 16 pensaba que finalmente me había puesto al día: Me parecía que mi kihon estaba bien, no era perfecto, por descontado, pero era bastante correcto para alguien con poca experiencia; conocía mis katas bastante bien; podía hacer patadas a nivel alto; y era un cinturón marrón de 16 años, lo cual no estaba mal, ya que no podías examinarte de cinturón negro 1erDan antes de los 16, así que sólo iba con unos meses de retraso con respecto a los grados dan más jóvenes. Además, en esos momentos ya entendía que habilidad y conocimiento era importante, un trozo de tela alrededor de la cintura no lo era. Así que cuando obtuve mi cinturón negro 1erDan un año más tarde, en diciembre de 1999, estaba contento, pero no muy entusiasmado. Sabía que había estado entrenando lo mejor que había podido durante los cuatro años anteriores, mi habilidad y mi forma física habían mejorado como resultado, y eso era lo que importaba; un trozo de papel y un cinturón nuevo realmente no aportaban mucho más.

seiza
(~2005)

También participé en algunas competiciones en mis años de adolescencia. Nunca destaqué realmente. Era un competidor promedio bastante desapasionado, ya que no soy una persona competitiva. Cuando estaba allí sobre el tatami de competición, intentaba hacerlo lo mejor posible, pero no me preocupaba el resultado porque no estaba entrenando para convertirme en un campeón. Otros practicantes encontraban su motivación en la competición, yo no. Yo entrenaba porque me gustaba, y lo único que quería era llegar a ser un karateka completo; ser considerado mejor o peor que otros en realidad no importaba. Siempre he pensado que el hecho de que otros puedan hacer algo mejor que tú no significa que tú seas "malo", y del mismo modo el hecho de que otros lo hagan peor tampoco significa que tú seas "bueno". Yo estaba (y estoy) interesado en mejorarme a mí mismo, no en compararme con los demás (a no ser que sea para aprender de ellos). Alguien podría decir que eso es "mentalidad de perdedor", y puede que tuviera razón, pero yo diría que si "ganar" y ser "el mejor" es lo único que importa, convendría prepararse para el fracaso y la frustración, porque únicamente un puñado de personas pueden llegar a ser "Campeón del Mundo", y absolutamente nadie puede mantener el título para siempre. Tampoco creía en entrenar para la competición; no me gustaban cosas como entrenar más duro simplemente porque había una competición a la vuelta de la esquina o entrenar sólo las cosas que ibas a hacer en el evento. Mi filosofía (más en la línea del Budo) era "entrena todo lo posible, y lo mejor posible, y llegue cuando llegue la prueba, estarás naturalmente preparado". En cualquier caso, a los 18 años ya no le veía sentido y sencillamente dejé de competir.

yoko-geri
(~2005)

Seguía entrenando Karate todos los días entresemana, y salía a correr o hacía un poco de pesas los fines de semana y siempre que el club estuviera cerrado por vacaciones. También asistía a seminarios con reconocidos instructores y leía prácticamente todos los libros de Karate disponibles en español. Sin embargo, dejé de mejorar, o al menos eso era lo que yo sentía. De hecho, pasaron un par de años desde que obtuviera el shodan, y no me planteé ir a por el nidan. "¿Por qué voy a examinarme de 2ºDan si creo que no soy mucho mejor que cuando me examiné de 1erDan?", pensaba.

Con el tiempo me di cuenta de que los grados significaban muy poco y que no los necesitaba. Veía a gente a mi alrededor cuyo entrenamiento consistía en ensayar la rutina que iban a realizar en su próximo examen, ignorando todo lo demás, y únicamente entrenaban duro unas cuantas semanas antes del examen, y después se relajaban o incluso dejaban de entrenar del todo una vez había pasado la prueba. Yo no podía evitar preguntarme por qué querían ser un grado más alto y si habían aprendido y/o mejorado algo con todo ello... Por otro lado, los jueces eran muy indulgentes y normalmente aprobaban al 99% de los aspirantes, lo que me hacía pensar que uno ya no se tenía que ganar el grado, sino simplemente comprarlo. Yo no estaba de acuerdo con todo eso, así que decidí que no me examinaría más y me quedaría en 1erDan para siempre. Actualmente sigo manteniendo la misma opinión: Los grados en Karate, en el mejor de los casos, no sirven para nada.

Dogi - Obi
Quería algo significativo bordado en mi cinturón así que pedí "Karate ni Sente Nashi" en lugar de "Shotokan Karate-do".

No quería diplomas, pero sí que quería mejorar; sin embargo, no estaba mejorando, a pesar de todo el entrenamiento. Esto empezaba a ser un poco frustrante, pero sabía que el progreso en Karate requería paciencia y muchos años de práctica, así que sencillamente seguí entrenando.

Cuando empecé a tener acceso a una mayor cantidad de información gracias a Internet y a leer libros de Karate en inglés, empecé a descubrir hechos que no conocía, y también nuevas ideas y puntos de vista. En 2006 creé la página web 'shotokankaratedo.es', donde organizaba y exponía la información que estaba recopilando, y también publicaba mis traducciones de muchos artículos que me parecían útiles e interesantes. Las piezas empezaron a encajar unas con otras y poco a poco empecé a entender mejor, y también a cuestionar seriamente, lo que había estado haciendo hasta ese momento.

Era joven y había estado entrenando duro en Karate durante más de una década, pero no confiaba en poder arreglármelas en una confrontación física. Tenía que creer que las patadas y los golpes funcionarían si se lanzaban con velocidad y fuerza, pero confiar en aquellas paradas contra ataques reales requería demasiada fe. Empecé a darme cuenta de que demasiadas cosas eran cuestión de tener fe: "si soy lo suficientemente rápido y fuerte, las técnicas funcionarán", "si hago infinitas repeticiones de kata, su significado quedará revelado", etc. Y muchas cosas sencillamente no tenían demasiado sentido: ¿Por qué darle tanta importancia al kata si las aplicaciones de sus técnicas nunca se practicaban ni se explicaban de manera convincente? ¿Por qué algunos katas se consideraban muy importantes mientras que otros apenas se enseñaban ni practicaban? ¿Por qué los principiantes y los avanzados entrenaban del mismo modo? ¿Por qué kata y kumite eran tan distintos lo uno de lo otro? ¿Por qué tener el retrato de Funakoshi Sensei colgado de la pared cuando sus enseñanzas eran totalmente ignoradas?

Nadie parecía tener ni necesitar respuestas a esas preguntas, y pensar fuera de lo habitual no era algo que los instructores apreciaran.
Gracias a mi investigación, con el tiempo conseguí encontrar respuestas a la mayoría de mis preguntas, y la conclusión fue que el tipo de Karate que había estado practicando no era el arte marcial que se suponía que era, sino un deporte japonés moderno disfrazado de arte marcial que había perdido gran parte de su propósito original y de sus antiguas prácticas.

shuto-uke
(~2008)

Una vez me di cuenta de ello, ya no podía seguir practicando como lo había hecho hasta ese momento, ya que ya no era satisfactorio. Tenía que intentar entrenar de un modo más significativo. Tenía que empezar a no sólo practicar mis katas sino también a analizarlos, pensando en la función más que en la forma. No entender los katas significaba no entender el Karate, así que el bunkai no podía ser ignorado y descuidado como lo era en el Karate moderno. También tenía que introducir el hojo undo en mi práctica, ya que en esos momentos estaba más claro que el agua que simplemente entrenar "al aire" no me ayudaría a desarrollar la fuerza y capacidad necesaria para poder hacer funcionar las técnicas. Estaba convencido de que tenía que regresar a los orígenes para progresar.
Lamentablemente, eso significaba apartarse del Shotokan convencional, así que tuve que tomar una decisión muy difícil y abandonar mi club de toda la vida, el lugar que me había visto crecer como karateka hasta ese momento y que había sido un segundo hogar para mí durante más de 14 años.

Y así fue como en diciembre de 2009 me convertí en un "ronin" y empecé a entrenar por mi cuenta, en casa. Al principio empecé a utilizar una pequeña habitación en el piso de mis abuelos que habíamos convertido en un gimnasio doméstico, pero no tardé en darme cuenta de que necesitaba más espacio para practicar Karate, así que empecé a utilizar la terraza como "dojo", a falta de un lugar mejor. Me llevó un tiempo acostumbrarme. Yo estaba acostumbrado a entrenar bajo techo y la idea de entrenar a la intemperie parecía bastante excéntrica. Fue bastante útil recordar las palabras de Funakoshi Sensei "cualquier lugar puede ser un dojo" e imaginar su antiguo entrenamiento en el patio de la casa de Azato Sensei. También descarté el karategi. Es gracioso porque yo solía pensar que entrenar sin el karategi no era serio; pero en ese momento ya entendía que no era el uniforme, sino tu actitud, lo que daba seriedad a tu entrenamiento. De nuevo, fue útil recordar que el Karate no siempre se practicó en karategi en Okinawa. Ahora únicamente utilizo el karategi en entrenamiento formal con otras personas, y me resulta bastante incómodo.

Dojo casero
Entrenando en mi primer "dojo casero": una pequeña habitación en el piso de mis abuelos.
(2010)

Nunca me planteé buscar otro club. Sabía cómo se estaba enseñando el Karate en los clubs modernos y, sinceramente, no estaba dispuesto a desplazarme diariamente hasta algún sitio remoto simplemente para ejercitar técnicas básicas y seguir con las mismas prácticas superficiales que ya no me ayudaban a mejorar. Si me apetecía hacer eso, sencillamente realizar muchas repeticiones de técnicas y katas que había estado haciendo durante años, podía hacerlo por mi cuenta, realmente no necesitaba a nadie dirigiendo mi entrenamiento si lo único que iba a hacer era contar en voz alta y no iba a proporcionar mayor conocimiento. En pocas palabras: sabía que no iba a encontrar auténtico Karate-do en un club moderno, así que no tenía sentido buscar uno.

No tenía pensado dejar el Shotokan; lo había estado practicando durante muchos años, y le tenía cariño. Sólo quería llegar a entender el Karate y practicarlo de un modo más significativo. Pero para ello, necesitaba tomar prestado del Karate clásico, ya que el Karate moderno no parecía tener las respuestas.

Por lo que yo sabía, sólo había una persona practicando Karate clásico y enseñando a un reducido número de alumnos en mi zona. Resultó ser un viejo amigo mío que también era antiguo practicante de Shotokan, así que tuve la oportunidad de experimentar con él un poco de Karate Uechi-Ryu, un par de horas a la semana entre febrero y junio de 2010. Era la primera vez que practicaba otro estilo y lo encontré muy muy diferente del Shotokan, ¡y extremadamente difícil! Me sentía impotente intentando moverme y colocarme de esa manera, y de nuevo me sentí como un cinturón blanco. Por otro lado, golpear con el pulgar y el dedo gordo del pie no es algo que cualquier karateka pueda hacer de inmediato. Fue muy interesante, aprendí bastantes cosas, y obviamente no estaba arañando la superficie siquiera, pero estaba atravesando un periodo de transición con enormes cambios en mi Karate y en esos momentos no estaba listo para dejar atrás toda mi experiencia previa y dedicarme exclusivamente a practicar Uechi-Ryu.

En aquella época llegó mi ejemplar del libro de Michael Clarke "The Art of Hojo Undo" (El Arte del Hojo Undo). Fue muy oportuno. He mencionado cómo las prácticas modernas en el fino aire me habían llevado a confiar muy poco en mis técnicas. Cuando descubrí el hojo undo, estaba emocionado por haber descubierto lo que pensé que era "el eslabón perdido", una pieza fundamental del puzle, la respuesta a cómo seguir mejorando y desarrollar la capacidad requerida para hacer funcionar las técnicas. Es gracioso que el "entrenamiento funcional", cada vez más popular, que encontramos ahora en el fitness moderno y actuales ciencias del deporte, ha formado parte del Karate desde tiempos antiguos. Pero es una lástima que este aspecto fundamental del Karate okinawense fuera abandonado en algunos círculos hasta el punto de que la mayoría de los practicantes modernos ni siquiera habían oído hablar de ello. Necesitaba aprender a hacer y utilizar las herramientas, y nunca había aprendido nada al respecto como estudiante de Shotokan, así que el libro de Michael Clarke fue muy útil. Entre la cantidad de información proporcionada por el libro, se encontraban algunas referencias al "dojo privado de Richard Barrett en Almería (España)" que no pasaron desapercibidas. Esta persona parecía ser un karateka muy experimentado, viviendo en mi propio país, y sin embargo yo nunca antes había oído hablar de él...

Dojo Terraza
Mi "Dojo Terraza"

Algunos meses más tarde empecé a mantener correspondencia con Clarke Sensei, ya que le escribí para pedirle permiso para traducir algunos de sus artículos para mi página web. Me presenté y le expliqué un poco mi experiencia y situación actual, y él me dijo que si alguna vez quería experimentar auténtico entrenamiento de Karate okinawense, sin tener que ir a Okinawa, quizá su buen amigo Richard Barrett estaría dispuesto a ayudarme a encontrar cierto sentido de dirección en mi Karate.

Contacté con el Sr. Barrett y accedió a conocerme y mostrarme su Karate, así que conduje hasta Almería el 30 de septiembre de 2011. Barrett Sensei me enseñó su dojo, el Shinsokan, y después tuvimos una agradable conversación en la que pude explicar con más detalle mi experiencia en Karate y qué era lo que estaba buscando. Al día siguiente llevamos a cabo varias sesiones de entrenamiento, empezando con una exhaustiva introducción a los ejercicios de junbi undo que requirió una hora y media. Sensei observó y corrigió mi Sanchin, que debía ser realmente terrible en aquel momento, y ciertamente provocó en Sensei unas cuantas caras de extrañeza. Hicimos un descanso y ayudé a Sensei con el trabajo que había emprendido detrás de su casa: excavar una cueva que se convertiría en su nuevo dojo. La siguiente sesión de entrenamiento se centró en trabajar con las herramientas tradicionales, y en la última hicimos kata. Yo tenía algunas herramientas en casa y conocía el esquema de unos cuantos katas de Goju-Ryu, pero tenía muy poca experiencia en Goju-Ryu, y lo poco que sabía no lo había aprendido correctamente y estaba bastante inmaduro, así que esa primera experiencia con Barrett Sensei fue como empezar desde cero. Algo con lo que sí estaba familiarizado era la posición zenkutsu-dachi, que es una de las posiciones fundamentales en Shotokan. En cierto momento Barrett Sensei colocó sus manos sobre mis caderas y me empujó hacia atrás, levantándome del suelo y haciéndome chocar contra la pared. Sensei me explicó la diferencia entre tener la posición sobre el suelo y arraigada al suelo, y me di cuenta de que mi posición podía parecer correcta, pero sólo era una pose muerta. Una vez terminado el entrenamiento, le di las gracias a Sensei por su tiempo y por su hospitalidad, y nos despedimos. Conduje de vuelta a casa con muchas cosas en las que pensar y una gran sonrisa en la cara, sabía lo afortunado que era por haber podido entrenar en un verdadero dojo con un auténtico karateka, uno de aquellos que creía extintos.

Barrett Sensei me recomendó escoger una escuela de Karate que estudiar y ceñirme a ella. Me dio a entender que no le importaría proporcionar orientación si decidía continuar con el Goju-Ryu. En esos momentos yo ya estaba preparado para continuar hacia delante y la decisión no fue tan difícil de tomar. Había encontrado auténtico Karate y me habían dado la oportunidad de aprenderlo correctamente de un profesor experto; ¿no era eso todo lo que había tenido como objetivo desde que empecé a distanciarme del Karate moderno? Sí, lo era. A partir de ese momento empecé a centrarme solamente en Goju-Ryu. Podría haber seguido practicando Shotokan también, pero realmente no sentía la necesidad. El Goju-Ryu presentaba más que suficientes vías de estudio, y el Shotokan ya no me resultaba gratificante, y lo único que me habría retenido habría sido mi apego hacia algo que había estado haciendo durante mucho tiempo.

En el Karate Goju-Ryu, tal y como lo practica y enseña Barrett Sensei, he encontrado un sistema completo y equilibrado en el que todos los aspectos del entrenamiento están relacionados y se realzan entre ellos. Se espera de nosotros que no sólo entrenemos y sudemos sino que impliquemos nuestras mentes y estudiemos lo que estamos haciendo, siempre preguntando "por qué". Nos esforzamos mucho por comprender mejor nuestros katas y nuestro Karate, y todo se pone a prueba para comprobar si funciona. Intentamos conseguir movimientos eficientes y técnicas efectivas, y nos preocupamos por la sensación de las técnicas en lugar de por su apariencia. Tratamos de preservar una tradición siguiendo los pasos del fundador y de sus contemporáneos, en lugar de simplemente venerarles y respetar sus enseñanzas únicamente de palabra.

Algunos instructores de Karate moderno afirmaban que el viejo Karate okinawense era rudo, poco refinado, y que esa era la razón por la que el Karate moderno parecía tan diferente, "ahora tenemos más conocimiento". A mí me parece que es justo al contrario. El Karate clásico no es de ningún modo más fácil ni está menos desarrollado que el Karate moderno, tiene mucha profundidad y está basado en teorías bien establecidas y sólidos principios. De hecho, creo que el Karate no fue mejorado, sino diluido, una vez dejó su isla natal.

Tengo que decir que no hay nada malo en el Karate moderno, y uno puede disfrutarlo tanto como cualquier otro deporte o actividad recreativa. Pero tienes que saber qué es lo que estás haciendo, y ser honesto contigo mismo. El problema es que intentan venderlo como algo que no es, y eso al final conduce a mucha confusión, desengaño y frustración.

El Karate Budo y el Karate deportivo tienen diferentes objetivos, principios, y métodos de entrenamiento, los cuales frecuentemente chocan entre ellos, así que practicar ambas cosas no es realmente posible.

La mayoría de la gente involucrada en Karate moderno piensa equivocadamente que está practicando un arte marcial, ¡y muchos incluso creen que lo que están haciendo es de algún modo "tradicional"! Algunos ni siquiera intentan demostrar que lo que ellos hacen es lo auténtico, y simplemente defienden la idea de que las personas ya no somos guerreros que necesitemos luchar a diario, así que el Karate en realidad ya no necesita ser efectivo y hoy en día las artes marciales deberían cumplir otro propósito, como proporcionar a sus practicantes una oportunidad de divertirse y dejar atrás durante un rato el estrés acumulado de sus atareadas vidas... No entiendo por qué las personas que piensan de esta manera se molestan en hacer Karate en lugar de simplemente irse al bar...
El Karate tiene que ser un arte marcial, un método efectivo de autodefensa, porque eso es lo que se supone que debía ser, esa es su razón de ser. Si le quitamos eso, entonces no tiene demasiado sentido y habría que preguntarse cuál es la diferencia entre el Karate y la danza o la gimnasia de suelo - en realidad, podríamos decir que la diferencia no es mucha a juzgar por lo que vemos en competición. Un coche sin motor bajo el capó puede que tenga el mismo aspecto pero, ¿sirve para algo? ¿Sigue siendo un coche una vez ha perdido su capacidad para hacer su función?

Entrenando con ishi-sashi - Shinsokan Dojo - 2012
Entrenando en el Shinsokan Dojo de Barrett Sensei.
(9 de diciembre de 2012)

Por otro lado, he descubierto algo más en el Karate okinawense, más allá de la práctica física y nuevos métodos de entrenamiento, y es cómo sacar el Karate fuera del dojo y aplicarlo en la vida diaria. Siempre escuchamos que el Karate es "un modo de vida", que puede "desarrollar tu carácter" y hacerte mejor persona... Grandes palabras que suenan muy bien y sirven de excelentes eslóganes pero, ¿cómo se consigue eso exactamente? ¿Simplemente a través de duro entrenamiento físico? Si duro entrenamiento físico es lo único que se necesita, ¿entonces cualquier actividad física valdría? ¿Es el entrenamiento de Karate, o de cualquier otro arte marcial, más duro o más difícil que entrenar para correr maratón, escalar el Everest, correr el Tour de Francia sobre una bicicleta o participar en cualquier prueba de los Juegos Olímpicos? ¿Es el Karate algo especial? De ser así, ¿qué lo hace especial?
No, el entrenamiento físico, independientemente de lo duro que sea, no es suficiente, y la prueba está en todos esos practicantes que tras muchos años de entrenamiento muestran rasgos de su personalidad y comportamientos que dejan mucho que desear. Recuerdo con claridad contarle a Barrett Sensei el día que nos conocimos que cuando empecé a practicar Karate solía admirar a todos los altos grados, pensando ingenuamente que no solo eran personas fuertes capaces de defenderse sino también personas especiales, ejemplos a seguir. Pero con el tiempo me di cuenta de que simplemente eran personas normales que practicaban Karate - bueno, algunos ni siquiera practicaban, ¡sólo "enseñaban"! Barrett Sensei se apresuró a señalar que simplemente porque ellos no ejemplificaran los valores del Karate, eso no significaba que el Karate no tuviera dichos valores.
Ahora entiendo que para desarrollar realmente tu carácter a través de la práctica del Karate-do tienes que buscarlo activamente, al igual que buscas la perfección de la técnica. El sensei tiene que señalar las deficiencias que ve en tu personalidad y hacer que te enfrentes a tu verdadera naturaleza de forma que puedas hacer los ajustes necesarios para perfeccionarla; si es que estás dispuesto a mejorar, claro. Esto no es agradable, y te sientes como si no fueras lo suficientemente bueno, fallando, decepcionando constantemente, pero esa es la manera de mejorar y nadie dijo que fuera a ser fácil. Por descontado, el Budo no es el único camino para llegar a conocerte mejor a ti mismo; la filosofía, o cualquier otra cosa que implique cierto grado de introspección y que te haga reflexionar sobre la vida cumplirá el mismo propósito. El Karate-do es sólo otra herramienta que nosotros los karatekas tenemos a nuestra disposición, ¿y no es de razón intentar sacarle el máximo partido?

Me estoy aproximando a cumplir dos décadas entrenando Karate, y no soy más que un principiante. Tengo una infinidad de cosas por delante y no estoy seguro de llegar algún día a traspasar las capas superficiales y alcanzar niveles de comprensión más profundos, pero estoy decidido a demostrarme a mí mismo que no soy el tipo de persona que tira la toalla. Hago Karate para mí, y sólo aspiro a seguir con mi práctica diaria, dar lo mejor de mí mismo, y a ver qué pasa. Con un poco de suerte, mi práctica de Karate me ayudará a mejorar tanto mi salud como mi personalidad, y por consiguiente mi vida.

Víctor López Bondía
Julio 2013

“No importa cuánto puedas destacar en el arte del Karate y en tus esfuerzos académicos,
nada es más importante que tu comportamiento y tu humanidad observada en la vida diaria.”